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Vattimo exaltó el valor de la pluralidad de culturas El pensador italiano cuestionó el concepto de unidad
La Nacion, 13 aprile 2006 di Jorge Rouillon
"La multiplicidad de las culturas
es la riqueza de la humanidad", expresó ayer el filósofo italiano Gianni
Vattimo en una charla amena y distendida, en la que alabó la pluralidad
cultural y cargó las tintas contra el concepto filosófico de unidad.
En el Teatro Presidente Alvear, Vattimo encaró desde su perspectiva el tema
del ciclo "Etica, cultura y desarrollo", emprendido por la cátedra abierta del
mismo nombre, que preside el economista Bernardo Kliksberg dentro del Complejo
Teatral de Buenos Aires.
Sobre todo, señaló que si no hay una sola cultura, no hay una sola verdad, y
sacó de ello consecuencias éticas. Del desarrollo no habló.
Al comenzar la reunión, alguien del público dijo fuerte: "Los jefes de
gobierno tienen que ser puntuales". El acto, previsto para las 19 -hora en la
cual Vattimo ya estaba en el teatro- sólo comenzó a las 19.35, cuando llegó el
jefe de gobierno de la ciudad, Jorge Telerman.
Este agradeció el tirón de orejas y dijo: "Espero ser puntual y más cosas que
ustedes merecen". Al exaltar el placer de la ciudad por recibir a uno de los
grandes filósofos, Telerman dijo que ha tratado de transmitir a sus alumnos "esa
especie de pesimismo lúcido" de Vattimo, "que no baja los brazos". Kive Staif,
director del complejo, también saludó al disertante, y luego ambos lo dejaron
solo en el escenario.
Más latino que occidental
Vattimo habló con bastante soltura en español y entabló buena comunicación con
el público. "No sé si me puedo llamar argentino, gaucho, pero puede ser
-discurrió-, porque muchos argentinos son de origen italiano. Pero me siento
un argentino casi analfabeto." Entre el público, que llenaba el teatro,
estaban la secretaria de Cultura, Silvia Fajre; los agregados culturales de la
embajada italiana, Ennio Bispuri y Renato Poma; la presidenta de la Academia
de Bellas Artes, Rosa María Ravera, y la filósofa ítalo-argentina Paola
Delbosco.
Tras expresar que se siente "más latino que occidental, en el sentido político",
Vattimo criticó la idea de unidad y de que haya "una" cultura (generalmente,
eurocéntrica). Desplegando a Heidegger, dijo que el ser acontece en un
lenguaje, el juicio se da en un contexto histórico. Así, tras citar al
antropólogo Claude Levy-Strauss -"que nos enseñó a hablar de culturas"- y
asombrarse de que todavía esté vivo -al tiempo que bromeó sobre el estupor con
que algunos recibieron la muerte del filósofo Gadamer, cuando en realidad
tenía 102 años-, Vattimo conectó determinadas ideas con un momento. "El
estructuralismo no hubiera podido devenir tan popular en Francia si no hubiera
coincidido con la guerra de Argelia. Devino un modo hegemónico: no se podía no
ser estructuralista". Aunque confesó: "Yo nunca lo fui; entre otras cosas,
porque no lo entendía demasiado".
Tras señalar que hay culturas (en plural), maneras en las cuales las
sociedades organizan su vida, dijo que éstas pueden dialogar, e incluso chocar.
"Me gustaría que un choque fuera de culturas, como de arte. Nunca he visto un
surrealista que bombardee a un abstractista."
De la pluralidad de culturas, dedujo que no hay una sola verdad. Y tras
cuestionar la noción de unidad -y sus consecuencias políticas, que llevan al
Parlamento europeo, que él integró, hasta pretender prohibir el roquefort, por
sospecharlo podrido-, postuló como ética la caridad, la solidaridad, el
respeto por el otro. "En un mundo donde no hay verdad -dijo-, o hay caridad o
no hay mundo."
Y concluyó: "Con el permiso de las autoridades, yo me voy". Dio su e-mail:
gianni.vattimo@unito.it. Aunque
aclaró: "Obviamente, si todos me escriben, no podré responderles".
"Nadie quiere disgustar a los norteamericanos" El filósofo Gianni Vattimo habla de la Italia actual
La Nacion, 12 aprile 2006 Intervista di Verónica Chiaravalli
Con el control remoto en la mano, sentado al borde de la
cama, desde su habitación en el piso 15 de un hotel porteño, el filósofo
italiano Gianni Vattimo (Turín, 1936) sigue, concentrado, las alternativas de
la vibrante contienda electoral entre las fuerzas de Romano Prodi y de Silvio
Berlusconi, que la televisión de Italia transmite minuto a minuto.
No se trata, sin embargo, de que Vattimo espere grandes cambios en su país
después del ajustado triunfo de la coalición de centroizquierda: “Creo que
tendremos un gobierno dominado por una nueva democracia cristiana, surgida de
la colección de ex socialistas, ex democristianos y ex comunistas (más algunos
de la centroderecha que se puedan ir sumando luego), que espero que dure lo
suficiente como para hacer todo lo que había proyectado en materia de
educación, de salud y con objeto de contrarrestar la precarización del trabajo",
dice Vattimo
"No soy optimista respecto de otros cambios -continúa-: mientras Italia esté
dentro del cuadro atlántico, cabe esperar que se mantenga la misma política
exterior dependiente de los Estados Unidos que hemos tenido hasta ahora (porque
todos, hasta los ex comunistas, están preocupados por no disgustar a los
norteamericanos), y la misma política económica funcional al mercado
internacional: los chinos producirán zapatos baratos y nosotros deberemos,
como se suele decir, inventar productos de alto contenido tecnológico. Pero
dado que tenemos una inversión bajo cero en investigación universitaria
científica y tecnológica, no sé cómo lo haremos."
-¿Qué pasará con Berlusconi?
-Berlusconi ha estado hablando de formar un cogobierno -cosa que Prodi no
acepta porque se siente ganador- y eso, si bien es un signo de que no quiere
dejar el poder, también lo muestra en una actitud más moderada que la que
tenía durante las últimas semanas de la campaña electoral, en las que parecía
haberse vuelto un poco loco. Me resulta sorprendente que el voto de los
italianos en el exterior le haya resultado adverso. Yo pensé que iba a ser un
voto de derecha. Los emigrantes no tienen demasiado contacto con lo que pasa
en la vida diaria de Italia, de modo que entre ellos debe de haber pesado
cierta imagen de corrupción proyectada hacia afuera por Berlusconi.
La charla con LA NACION tiene lugar apenas cuatro horas después de que Vattimo
llegó a Buenos Aires. Ni el cansancio del viaje ni la falta de sueño empañan
la sonrisa cordial con que invariablemente recibe a quien se le acerca.
Es evidente que Vattimo disfruta de la conversación y de la compañía de la
gente. También, que este profesor universitario, nihilista y cristiano a su
manera; comunista y demócrata; ex integrante del Parlamento Europeo y
encendido polemista, ejerce sobre el público una atracción especial. En
noviembre, LA NACION tuvo oportunidad de ver cómo en Santiago de Chile, donde
participó del Día Mundial de la Filosofía, los estudiantes desbordaban el
auditorio del Centro Cultural Mapocho para escucharlo, y lo vivaban, le pedían
autógrafos y se sacaban fotos junto a él como lo hubieran hecho con Mick
Jagger.
Autor de "El fin de la modernidad", "Creer que se cree" y "Después de la
cristiandad", entre otros libros, Vattimo es reconocido internacionalmente por
sus trabajos sobre la filosofía de Nietzsche y de Heidegger, y por su
desarrollo conceptual del "pensamiento débil" como característica dominante de
la época actual. En palabras simples, se puede decir que el pensamiento débil,
como oposición al pensamiento fuerte o metafísico, rechaza la posibilidad de
que exista una verdad única y absoluta, y postula la necesidad de aceptar que
el ser humano habita un mundo en el que las certezas han sido desplazadas por
las verdades parciales y el relativismo.
Invitado por el Instituto Italiano de Cultura para presentar la "Cátedra
abierta sobre desarrollo, ética y cultura", que preside Bernardo Kliksberg,
hoy, a las 19, en el Teatro Presidente Alvear, Vattimo dialogó con LA NACION
sobre los temas que más lo apasionan: filosofía, política y religión.
-¿Cuál es la vigencia del pensamiento débil, veinte años después de haberse
dado a conocer?
-"El pensamiento débil" se publicó en 1983, y me parece que en estos últimos
veinte años se ha transformado en una importante teoría del debilitamiento
como única vía de emancipación. Pienso que hay un hilo conductor en la
historia del pensamiento moderno que muestra el debilitamiento del ser como
aquello que nosotros llamaríamos también progreso. El pensamiento débil se me
aparece como una filosofía de la historia de tipo nihilista. El único
argumento que tiene la filosofía débil para fundamentarse es que han sucedido
cosas. Hoy ya no se puede decir que los pueblos ex coloniales son primitivos,
no porque no creamos más en la filosofía de la historia europea, sino porque
aquéllos se han rebelado. Paradójicamente, que ya no se pueda ser eurocéntrico
no depende del hecho de que, en un cierto punto, hayamos descubierto que el
eurocentrismo es falso, sino del hecho de que aquellos pueblos han venido a
demostrarlo a nuestra casa. No se trata de una verdad lógicamente probada; lo
que hay es la verdad que se aprende escuchando la voz de lo que sucede.
-¿Cómo convive el pensamiento débil con la revalorización de la fe
religiosa (a veces llevada al extremo de la intolerancia) que se observa en
distintas comunidades?
-Esa revalorización hace necesario el pensamiento débil. Y creo que esta idea
también es necesaria para el catolicismo. Toda la historia del cristianismo es
la historia de la interpretación cada vez menos supersticiosa de las Sagradas
Escrituras. En ese sentido, el pensamiento débil me parece muy importante para
la filosofía en general y para establecer un diálogo polémico con la fe.
-¿Un diálogo sólo con la fe cristiana?
-Siempre me dicen que hablo sólo para el mundo cristiano. Y sí, no tengo la
ilusión de ser un pensador universal; pienso dentro de una cierta tradición.
Pero -expansión de las comunicaciones y del imperialismo tecnológico
mediantes- el pensamiento cristiano casi se ha convertido en un pensamiento
occidental en general. Creo que el cristianismo tiene derecho a relacionarse
con otras religiones no para decirles que se han equivocado. Cuando el Dalai
Lama va a visitar al Papa, después de que rezan juntos y se saludan, ¿alguien
cree que el Papa va a la capilla a orar por esa pobre alma que seguramente irá
al infierno porque está equivocada? Es cierto, hace siglos el Dalai Lama no se
encontraba con el papa, pero en las condiciones actuales estamos en la
situación de reconocer la realidad de un cristianismo más ecuménico. En ese
sentido, el cristianismo no puede ser otra cosa que la prédica de una religión
cada vez más despojada de contenidos dogmáticos.
-Pedirles a las religiones que se despojen de sus dogmas, ¿no es pedirles
que renuncien a una de sus características esenciales?
-Sí, pero uno puede preguntarse por qué las religiones no quieren renunciar a
los dogmas. Porque si uno se formula esa pregunta descubrirá que detrás del
dogma hay una posición autoritaria. Además, ¿por qué debo saber la verdad? Y
sobre todo, ¿cuál verdad? Si hay una verdad objetiva y hay alguien que la
conoce mejor que yo, ya está establecido el orden del autoritarismo. Están, de
un lado, los que saben qué es lo mejor y del otro, los que deben obedecer,
como lo plantea Platón en su "República".
-Usted ha dicho que el nihilismo es una palabra clave de la cultura
contemporánea, y quien renuncia a él se priva de aspectos importantes de la
espiritualidad. ¿Por qué?
-Porque si uno no es un nihilista ni siquiera sabe escuchar. Ahora se habla
mucho de diálogo, pero el diálogo debería ser una investigación. No se trata,
por ejemplo, del diálogo como se pensaba al comienzo del psicoanálisis (donde
hay uno que lo sabe todo y otro, pobrecito, tirado en el diván tratando de
entender algo), o del diálogo socrático, en el que Sócrates sabe, y conduce a
la persona que dialoga con él. Ahora estamos en una situación en la que, como
ya no hay nadie que pueda pensar que conoce toda la verdad, deberíamos ser más
abiertos a la idea de que, si hay una verdad, es aquella que sucede en el
diálogo. Yo siempre lo resumo así: no digamos que nos hemos puesto de acuerdo
porque hemos encontrado la verdad, sino que hemos encontrado la verdad porque
nos hemos puesto de acuerdo. El nihilismo es, fundamentalmente, la idea de que
hemos arribado a un punto en el que ya no podemos creer que existen verdades
únicas dadas una vez, cognoscibles objetivamente por medio de la razón.
-¿Por qué cree usted que se ha llegado a ese punto?
-Por la experiencia: vivimos en un mundo multicultural, poscolonial,
multipolar, donde la autoridad que han tenido los predicadores ha sido
desmentida por los ejemplos. Todas las instancias político-sociales que han
pretendido tener la verdad ya no son creíbles.
-¿Incluida la democracia?
-Creo que el sistema democrático permite proceder sin matarnos los unos a los
otros en la calle. Ahora, que la democracia sea la verdad de las estructuras
humanas y políticas, eso no lo sé. Hay tribus y pueblos que carecen de
democracia y eso no les provoca problemas especialmente. En una familia, por
ejemplo, el padre gana dinero, lo lleva a casa y los hijos obedecen, porque
les conviene y también porque quieren. Entonces, ¿dónde comienza la necesidad
de la democracia? La democracia es una convención que funciona mejor que otras,
pero, ¿funciona verdaderamente? Cuando el presidente de los Estados Unidos
bombardea Irak porque dice que quiere llevarles la democracia, incluso la
democracia se vuelve sospechosa. ¿Quién puede hablar seriamente de democracia
cuando sucede eso? En estos momentos vivimos en democracias fuertemente
capitalistas. Quien quiera resultar elegido en los comicios italianos o
norteamericanos debe invertir un capital elevado; si no, es inútil que lo
intente. Ahora, ¿tenemos otro régimen en vista? Tampoco lo sé.
-Usted menciona el tema del intervencionismo. Hay situaciones en las que no
intervenir...
-...sería culpable.
-¿Cuál es ese límite a partir del que hay que actuar?
-Es un problema. Cuando ocurrió lo de Kosovo, yo estuve a favor de la
intervención. Pero la intervención siempre es muy peligrosa porque, ¿quién
juzga si en un lugar se violan los derechos humanos y de qué manera hay que
resolver esa situación? La Organización de las Naciones Unidas es algo tan
débil que, cuando hace las cosas como lo quieren los Estados Unidos, todo va
bien; y cuando no, los Estados Unidos la mandan al diablo. Yo desearía que
hubiera un organismo internacional verdaderamente capaz de defender a los
débiles de los abusos de los poderosos. También pienso que sería mejor tener
un mundo bi o tripolar. Es verdad que no deseo que en Irán se haga la bomba
atómica. Pero me doy cuenta de que como Corea del Norte la tiene, los Estados
Unidos no la atacan; mientras que en Irak, donde se sabía que no había armas
de destrucción masiva, atacaron. Estábamos más en paz en los años de la Guerra
Fría que ahora. Una posibilidad para el futuro es que los problemas se
resuelvan, cada vez más, por medio de guerras informáticas y económicas y no
militares. Que Chávez le dé petróleo a Cuba, por ejemplo, es un acto táctico
propio de una guerra económica. A su vez, el bloqueo que sufre Cuba es
agobiante, pero sería aún peor si los Estados Unidos intentaran solucionar lo
que consideran su problema usando la violencia de las armas.
No sé, yo soy pesimista, pero, a la vez, espero que tengamos suerte. Y, sobre
todo, que cuando esto explote yo ya esté muerto [risas]. Pero que eso sea
dentro de mucho, mucho tiempo.
Vattimo: "Si una obra de arte no tiene violencia dice poco"
Ayer el filosofo italiano dio la primera conferencia de su visita a Buenos Aires
El pensador dijo que las obras que provocan un choque son las que crean nuevos mundos. Ayer, en la Academia de Bellas Artes, hizo reir y participar a un numeroso público.
El Clarín, 11 aprile 2006 di María Luján Picabea
No hay arte sin violencia. Si una obra no tiene un poco de
violencia dice poco", resumió el pensador italiano Gianni Vattimo anoche, en
la ponencia sobre "Arte y violencia" que dio en la Academia Nacional de Bellas
Artes.
Ahora bien, el hombre no se aventuró a esa conclusión precipitadamente sino
tras una serie de argumentos que se fueron hilando entre aplausos, suspiros y
carcajadas de un público que se rindió ante el encanto y desacartonamiento de
Vattimo.
Para empezar, el italiano afirmó que sólo puede hablarse de arte y violencia
situándose en el marco de la responsabilidad civil del arte, "que empezó a ser
una creencia compartida en el siglo XX. Las vanguardias fueron la expresión
del abandono de la neutralidad artística". Además subrayó —en un español con
todos los vicios del porteño— que la violencia era un concepto difícil de
definir en sí mismo.
"No hay una verdadera definición de violencia. Incluso Hannah Ardent, que ha
trabajado mucho en torno de la problemática, no ha aportado una definición,
pero creo que puede entenderse como el hecho de impedir a los cuerpos que
ocupen su lugar natural. De modo que sólo puede medirse en términos de
libertad", reflexionó.
"El arte, entonces, puede asumir el compromiso de promover la libertad y la no
violencia." Y de allí surgen dos niveles en que éste puede contener o incluir
la violencia: "Podemos hablar de arte violento, es decir obras que incluyen
escenas de crueldad —explicó— o de un arte que denuncia la violencia social y
pública. Es decir, el arte comprometido, como lo entendía Sartre", subrayó.
Para él, una obra de arte puede provocar al menos dos tipos de sensación:
extrañamiento y tranquilización. Y entre ambas se juega el equilibrio. "Pero,
bueno, yo no voy a dormir con el Ulises, que además de que se entiende poco
no ayuda a dormir, prefiero un thriller de Agatha Christie", bromeó. Luego
aclaró: "Las obras que no son tranquilizadoras, que no ayudan a dormir, ésas
que provocan un choque y que nos sacan del horizonte familiar, son aquellas
que logran crear un mundo, una nueva forma de ver el mundo. Eso es Shakespeare,
es Dostoievski, Tomas Mann."
Entonces fue derecho a su conclusión: "Un poco de disturbio de nuestra
tranquilidad es necesario, de lo contrario no pasa nada." Y entre algunas
ocurrencias, siempre festejadas por el público —sobre todo por la platea
femeni na— concluyó también que en ese sentido el arte ha tomado cierto lugar
de la religión.
La experiencia de la violencia en el arte, dijo, es la capacidad de
transformar. "La violencia interior de la obra no puede separarse, sin
embargo, de la exterior, de la social, a la que la obra evoca. Una obra
de arte debe ser un choque, una verdadera experiencia", resumió el italiano y,
gentilmente, invitó: "Con esto los dejo con vuestros pensamientos y si quieren
expresarlos, pues, los es cucho." Y, claro, escuchó varios.
Hoy, Vattimo dará una conferencia en el Colegio Nacional de Buenos Aires y
mañana hablará en la apertura de la Cátedra abierta sobre desarrollo, ética y
cultura, que organiza el Complejo Teatral de Buenos Aires.
"Necesitamos un nuevo Lutero" El filósofo italiano Gianni Vattimo, que llegará mañana al país (viene a inaugurar la Cátedra abierta sobre desarrollo, ética y cultura), habla en esta entrevista de su particular interpretación del pensamiento contemporáneo —el nihilismo, la crítica de la metafísica, la hermenéutica, la posmodernidad— como instancias singulares en el desarrollo del mensaje cristiano. Opina sobre las relaciones entre arte y política. Sobre la encíclica de Benedicto XVI: "Nadie puede leer allí una efectiva preferencia por la caridad". Y critica al Vaticano: "La identificación de la moral con el uso correcto de la sexualidad me parece, más que una herejía, una estupidez".
El Clarín, 8 aprile 2006 di Ivana Costa
En enero, Gianni Vattimo cumplió setenta años, y lleva por
lo menos cuarenta dedicándose —con notable éxito— a la filosofía. En lo que
respecta a su oficio, esto quiere decir que Vattimo tiene escrita una obra
original, significativa, y también que ha llegado a un momento de madurez en el
cual se puede todavía esperar de él un escrito mayúsculo —proyecta una Ontología
de la actualidad—: el texto que recupere la tarea de toda una vida y sume a
ella, precisamente, la experiencia y la sabiduría vividas mientras se
reflexionaba, se interpretaba, se escribía.
Vattimo se hizo conocido en el panorama
intelectual de Occidente por la manera fecunda en que logró vincular los tres
legados fundamentales de la filosofía contemporánea —el nihilismo de raíz
nietzscheana, la crítica de Heidegger a la metafísica y las herramientas
conceptuales de la hermenéutica— con el pensamiento católico y cristiano, para
la conformación de una especie de nuevo humanismo que él llamó "pensamiento
débil", no porque padezca alguna
debilidad
sino porque procura el "debilitamiento del ser". El "pensamiento débil", dice
Vattimo, busca debilitar al ser, o sea dejar de atribuirle "características
fuertes" (desde todo punto de vista) para reconocerlo, en cambio, "ligado al
tiempo, a la vida y a la muerte". Sólo así —afirma Vattimo— será posible la
"emancipación humana", la "progresiva reducción de la violencia y de los
dogmatismos".
Aquí, en la convicción de que existe un
vínculo entre la ontología y la consecución de la felicidad, se concentra la
obra y la vida de Vattimo. La obra se encuentra en libros como El pensamiento
débil (1983), El fin de la modernidad (1985) y Más allá de la
interpretación (1994), en los que relee una o varias tradiciones
filosóficas: el nihilismo, la posmodernidad —entendida como "pasaje de las
unidades fuertes a las multiplicidades débiles, del dominio a la libertad, del
autoritarismo a la democracia"—, la hermenéutica. En otros libros, como Creer
que se cree (1996), Después de la cristiandad (2002), y El futuro
de la religión (2005), Vattimo vincula sus lecturas filosóficas con el
programa de "un cristianismo no religioso", un proyecto ligado con su vida y con
su intensa actividad política y cívica.
Ha militado en el Partido
Radical, en el Ulivo, con los Democratici di Sinistra (con quienes llegó a ser
diputado en el Parlamento Europeo) y en el comunismo; ha sido candidato a
intendente en un pueblo de Cosenza, integró agrupaciones que luchan por los
derechos de los homosexuales, y es un prolífico líder de opinión. Se pronuncia
habitualmente —en las páginas de los diarios La Stampa, Il Manifesto, El País,
Clarín— en temas como el aborto, la eutanasia, el uso de células madre; en
asuntos legislativos y universitarios; o para exhortar, desde los púlpitos más
diversos, a la recuperación de la raíz neotestamentaria del catolicismo.
En ocasión de su
cumpleaños, un periodista preguntaba a Vattimo si, como Bobbio, él también creía
que los afectos valen más que los conceptos. Vattimo respondió allí que lo que a
él lo entusiasman son los compromisos político-filosóficos (también dijo que, a
diferencia de otros filósofos profesionales, él no tiene "otras cosas más
importantes que hacer"). Sin embargo, dejó abierta la cuestión de si esos
compromisos son afectos o conceptos. Con esta pregunta comienza la conversación
telefónica que da lugar a esta entrevista.
- —La filosofía había
situado en esa distinción entre conceptos (racionales) y afectos (no racionales)
el núcleo de la objetividad. Desde su punto de vista ¿cómo se vinculan y cómo se
diferencian conceptos y afectos?
- —Estaba
reflexionando que ésta es para mí una distinción muy difícil de aceptar porque
si pienso en el único maestro filosófico que tengo, Heidegger, él no
diferenciaría nunca conceptos de afectos. Cada concepto surge en un ambiente
afectivo: mi órbita afectiva, mi universo de intereses, de existencia; por lo
tanto, cuando hago filosofía ¿ejercito los afectos o los conceptos? Ambos. Si no
tuviera afectos no me importarían en absoluto los conceptos (¿por qué me
ocuparía de conceptos si no hubiera pasiones debajo?). Los conceptos viven
solamente en un ambiente afectivo, el de las emociones, el de las relaciones
conmigo, con los demás. No haría distinción entre ellos.
- —En algunos círculos
filosóficos anglosajones se estudia hoy el papel de las emociones (la vergüenza,
la repugnancia, la ira), y los afectos ligados a ellas, en los modos de
argumentar, en las fundamentaciones jurídicas, legales, políticas.
- —Creo que no se
pueden distinguir las emociones tan netamente porque, así, los conceptos
deberían ser caracterizados desde una objetividad, pero yo no creo en absoluto
en la objetividad, me parece un sueño científico.
- —En algunos de sus
escritos recientes sobre estética me pareció encontrar una posición más
escéptica sobre las posibilidades de un "arte político" que en
- El fin de la modernidad-
.
- — Ya no me acuerdo
cuál era mi posición sobre el arte y la política en El fin de la modernidad
pero no creo ser muy escéptico. El arte es capaz de abrir mundos alternativos.
Coincido, en este sentido, con la teoría de Bertolt Brecht: el arte nos hace ver
lo que no existe en nuestro mundo, lo que no es conciliable con él, y suspende
nuestra familiaridad con el mundo tal como es. Pero en cuanto a sus
posibilidades de proyectar un mundo diverso, ahí es más complicado. Lo que
leemos en las novelas o lo que vemos en un cuadro abstracto difícilmente
inspiren un mundo distinto. Ni Les mademoiselles d''Avignon, de Picasso,
podrían ser concebidas como el proyecto de una belleza femenina futura en contra
de los nazis. Hoy hay una oposición estética al dominio de lo económico, como la
hubo antes y seguirá habiéndola: artistas que no insisten tanto en producir
obras sino en inspirar comportamientos. Quizás un buen modo de oponerse a la
guerra de Irak sería que todas las mañanas ocurriera algo en la Quinta Avenida
(no sé: que todos se tiraran al piso con cara de muertos). Lo estético impacta
en la experiencia individual, suspende nuestra pacífica pertenencia al mundo tal
como es, y puede anticipar una posición de resistencia. Pero no le pediría a los
artistas que hicieran programas electorales. El concepto fundamental del arte es
que el arte molesta. Un colega me recordaba, días atrás, que Kant decía que la
peor de todas las artes es la música porque molesta a los vecinos. El arte
molesta porque pone piedritas en el engranaje de la pura vida económica. Para
decidir si un arte es verdadero o no basta ver que no corresponda demasiado con
la economía. Como se ve, no se trata de una definición eterna del arte.
Cristianismo y religión
Desde hace una década,
Vattimo se viene dedicando a mostrar cómo las mejores tradiciones de la
filosofía contemporánea derivan o fueron anticipadas por el cristianismo. "La
verdad del cristianismo es la disolución de las metanarraciones; el nihilismo
posmoderno", escribió. Y también: "La hermenéutica, en su sentido más radical,
no hace más que desenvolver la maduración del mensaje cristiano". En el útlimo
de los ensayos de Vattimo publicados en español —"La edad de la interpretación",
que forma parte del volumen El futuro de la religión (Paidós)— se lee:
"Nuestra cultura no tendría sentido sin el cristianismo". Esta afirmación tiene,
en la interpretación de Vattimo, el sentido contrario al que intentan extraer de
ella algunos de los nuevos apologistas del ateísmo, para quienes la religión
cristiana tiene la culpa de todos los males del mundo a lo largo de la historia.
Michel Onfray, por ejemplo, denuncia: el colonialismo, la esclavitud, el
nazismo, la insatisfacción, la discriminación. Pero acaso la afirmación que hace
Vattimo sea tan amplia como la protesta desmesurada y vana de Onfray. ¿Qué
significa la omnipresencia histórica y cultural del cristianismo? ¿Es algo más
que el hecho de estar incluidos en una tradición de lecturas? ¿En qué
consistiría, entonces, la fe?
Para Vattimo, el
cristianismo nos define histórica y culturalmente, en gran medida, por su
tradición literaria —las Escrituras— o, mejor, por el "mensaje" que las
Escrituras contienen. La única verdad de las Escrituras, "que no puede ser
objeto de desmitificación, no es enunciado experimental, lógico ni metafísico,
sino apelación práctica, es la verdad de la
caritas:
el amor". En esta verdad, además, el cristianismo anticipa el final de la
metafísica, ya que "el amor, como sentido último de la revelación, carece de
verdadera ultimidad".
La "educación cristiana" ha enseñado a la filosofía, por otra parte, a "no creer
en el fundamento, en la causa primera, en la violencia implícita en toda
ultimidad,
en todo primer principio que acalle cualquier nueva pregunta". En cuanto a la
fe, en el artículo "Hos mé.
Heidegger y el cristianismo", Vattimo hace algunos intentos por definir la fe,
o, al menos, por decifrar una concepción heideggeriana de la fe compatible con
su propia visión de la cristiandad. Se trata de dos definiciones negativas,
esbozadas a propósito de una lectura del curso sobre fenomenología de la
religión que dictó Heidegger, en Friburgo, en 1920. La fe, dice Vattimo, "no es
fe en la certeza de acontecimientos históricos acontecidos, que con su
verificado carácter extraordinario habrían de fundamentar la creencia en el
anuncio". Y un poco más adelante: la separación entre la fe de los primeros
cristianos y el pensamiento representativo "señala la tarea de pensar una fe sin
''contenidos'' —tal vez, por tanto, sin dogmas y sin una teología como
ciencia—".
- —Ultimamente
reapareció el debate acerca de si es necesaria la religión como fundamento de la
vida cívica y la vitalidad democrática o si es sólo un avance de lo religioso
sobre el laicismo. ¿Siguió esa discusión?
- —Bueno, al parecer
tenemos necesidad de religión para la vida democrática y, hasta hoy, las
sociedades integradas parecían ser las que tenían una religión común. ¿Pero esto
no será un mito? Al mundo medieval se lo ve como un mundo en el que había una
sola Iglesia (no había tenido lugar la Reforma protestante...) pero en él, los
seres humanos se arrancaban la cabeza unos a otros, casi como ahora. De modo que
no estoy tan seguro de que una especie de homogeneidad en el plano de la
religión o de los valores sea mejor para la vitalidad democrática. Más bien, me
parece que hacen falta diferencias. Estoy convencido de que le haría bien a la
vitalidad democrática que todos creyéramos en el precepto de la caridad
evangélica, pero la caridad nos hace aceptar al otro como otro, no lo reduce a
mí. Los racionalistas piensan que deberíamos estar de acuerdo sobre algunas
cosas fundamentales porque son las verdaderas. Pero a la verdad no la conocemos:
hay que ponerse de acuerdo sobre ella, y para ponerse de acuerdo, la caridad
ayuda más que el dogma. El laicismo, la idea de no identificar la verdad con el
Estado o con la ley del Estado, es un prducto cristiano:
al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios. Pero Dios no es
uno que está ahí sentado. Está en la conciencia, en las palabras, en las
Escrituras. Y desde ya, Dios no es la autoridad terrena del Vaticano.
- —Usted reivindica un
cristinismo como herencia cultural (un ateo, seguramente, no renegaría de ella).
Pero ponerse de acuerdo en relación con las instituciones que permanecen en el
tiempo es mucho más difícil.
- —Todos tenemos un
cristianismo heredado (ya que ninguno de nosotros conoció a Cristo
directamente). Pero para mí, cristianismo heredado significa —crudamente— que
gracias a dios soy ateo,
que no creo en los ídolos, ni que Dios esté aquí o allá; no sé ni siquiera si
creo que Dios existe como un objeto. ¿Dónde estaría? ¿En el cielo? ¿Debajo de la
tierra? Encima, después, dado que existe, debe ser representado. Y dado que
tiene que ser representado, lo representa el Papa. Y si el Papa representa a
Dios, se vuelve autoridad, Hay que dejar de lado todo esto en nombre del
Evangelio.
- —Pero el
cristianismo es también una institución.
- —Sí, es
institución. Pero el punto es éste: yo nunca he sido protestante, nunca creí que
todo el fenómeno religioso consistiera en las Sagradas Escrituras, como decía
Lutero. Porque la Sagrada Escritura me ha debido ser transmitida por alguien. En
este sentido, entonces, acepto las instituciones de la Iglesia, aunque no las
acepto por ser como son. Ahora, en el Evangelio uno encuentra elementos para una
crítica de la Iglesia. Por ejemplo, el hecho de que la Iglesia esté tan empeñada
en la identificación de la moralidad con el uso correcto de la sexualidad me
parece, más que una herejía, una estupidez. El Evangelio no se ha ocupado nunca
de si uno se va a la cama con éste o con aquél. ¿El adulterio? Tiene que ver con
instituciones históricas; no es necesariamente una orden divina. Yo no sé si el
que traiciona a su mujer le hace mal a Dios; más bien le hace mal a su mujer.
Como cristiano, debo respetar al prójimo y empezar por respetar al que está más
cerca. El adulterio... en todo caso es una de las leyes de Moisés, así que es
asunto de ellos... Ahora, cuando el Papa prescribe a los homosexuales no tener
relaciones estables (parece incluso que deberían ser promiscuos... ¿por qué no
podrían organizar su vida?), esto es escandaloso. La prostitución nunca fue
limitada por el cristianismo, de hecho, siempre estuvo. ¿Cómo conciliamos esto
con lo anterior? Estas "enseñanzas" sobre la santidad del matrimonio, etc. etc.
implican también inmoralidad, infelicidad y sufrimiento.
- —En el diálogo que
mantuvo con Richard Rorty, publicado en - El
futuro de la religión- , Rorty dice, citando a
Harold Bloom, que el mejor escenario futuro sería dejar a esta Iglesia como es y
fundar otra. Pero en el libro no aparece su opinión al respecto.
- —Rorty está
obsesionado con la multiplicación de las sectas protestantes en América y yo,
como católico, desconfío de las sectas; un poco porque la Iglesia me acostumbró
así y un poco porque veo a esos gurú de religiones extravagantes que se compran
el Rolls Royce forrado en oro... Rorty admira a los mormones, a los cuáqueros:
comunidades religiosas que se crearon a sí mismas. Yo creo en la Iglesia porque
es algo que heredé; ahora, si tuviera que inventarla, ¿para qué —me pregunto—
debería inventármela? No tengo necesidad de una iglesia para ser religioso. La
Iglesia me ha transmitido el Evangelio, pero así como es, la Iglesia no me
gusta. Me pregunto entonces si funciona todavía como sede de transmisión del
Evangelio o si es sólo un problema de poder temporal. Esto, sin embargo, lo digo
en nombre de los documentos que la misma Iglesia me transmitió. En el fondo es
siempre el problema de Lutero: él condenaba al Vaticano en nombre del Evangelio
y de la Biblia, no en nombre de otro Evangelio u otra Iglesia. Así ha sido
siempre la historia del cristianismo y así debe ser. Necesitamos un nuevo
Lutero. Pero no soy yo.
- —Las comunidades
atomizadas ¿son el mejor escenario futuro?
- —Es como con las
constituciones de los Estados: a ninguno de nosotros, al nacer, se le pone por
delante el problema de inventar una constitución con los demás; ya tiene una
constitución y la quiere modificar, interpretar, transformar. El enfrentamiento
con la Iglesia es un poco como la existencia misma: somos arrojados a una
institución de la que provenimos, que estaba ya de antes y que nos transmite
cosas que podemos aceptar pasivamente o reinterpretar, asumirlas como propias,
oponernos a la degeneración que produjeron.
- —En Navidad lo
consultaron acerca del proyecto de quitar los pesebres de los espacios públicos
para no herir la sensibilidad de los no católicos. "¿Por qué privar a los niños
musulmanes del pesebre?", respondió. ¿Es una crítica al multiculturalismo?
- —Yo multiplicaría
los símbolos religiosos. Puesto que filosóficamente no creo que haya una verdad
objetiva (sino que decimos haber encontrado la verdad cuando nos pusimos de
acuerdo), creo en que existen muchas interpretaciones. No soy un politeísta que
guarda ídolos y estatuitas, pero estoy convencido de que lo bello de la religión
(no sólo de la religión: de todo) es, ciertamente, que cada uno sea un
intérprete, que haga propio un mensaje y tome para sí esa responsabilidad. Eso
es el alma: la que toma la responsabilidad para sí. Muchísimas cosas nos vienen
heredadas culturalmente, otras las descubrimos en la vida cotidiana, pero
después tenemos que ser nosotros mismos. Esto es el alma: la vocación personal,
el interés por la vida, el modo de ver el mundo. Y si uno pierde el alma no
tiene ya nada. Lo religioso es la multiplicidad y no la unidad absoluta. La idea
de la unidad siempre me pareció muy autoritaria. Ahora estoy revisando por qué
la unidad ha sido siempre tan importante en la filosofía, porque en el fondo
tampoco se explicó por qué la unidad es mejor. Platón siempre discutió el
problema de unidad y multiplicidad, pero nunca explicó por qué el Uno es mejor
que la multiplicidad. ¿Por qué, Dios mío, tiene que ser mejor el Uno?
- —Platón suponía que
era imposible conocer a la multiplicidad.
- —Pero la unidad no
nos sirve. El Eros
podría ser una buena justificación de la unidad: los amantes deciden unirse,
fundirse. Pero ¿solamente de a dos? ¿Por qué no de a tres o de a cuatro?
- —Aquí Platón
estaría, creo, de acuerdo con usted. En el -
Banquete- dice que se comienza por amar a un
cuerpo, luego a dos, luego a muchos y luego a la belleza de todos los cuerpos.
- —Pero esa
dialéctica del Banquete tiende siempre a la unidad final.
- —Ahora bien, si uno
interpreta esa dialéctica como un ascenso escatológico, al final, en el último
peldaño, el que emprendió la marcha se encontrará solo, con su alma, su vida,
las elecciones que hizo. Hay una unidad, sí, pero el camino no pudo realizarse
sin otro; sin muchos. ¿No dicen lo mismo Platón y usted?
- —Sí, sólo que no
estoy seguro de que al final podamos realmente estar solos. ¡Piense qué pasaría
si no fuéramos muchos en la vida eterna! ¡Qué
pasticcio!
¿Cree de verdad que yo estaría contento de estar solo por toda la eternindad?
Trataría inmediatamente de buscar a alguien... Buscaría en las murallas del
Paraíso, a ver si encuentro a algún compañero...
- —Menciona a Eros. Me
gustaría conocer su opinión sobre la concepción del Eros en la reciente
encíclica de Joseph Ratzinger.
- —Me pareció muy
bello que la encíclica no dijera
Deus veritas est
sino Deus caritas est.
Esto es fundamental, aunque después Ratzinger se traiciona un poco y luego nadie
puede leer en la encíclica una preferencia efectiva por la caridad. Yo sería un
poco más radical. Con la verdad no sabemos qué hacer. ¿Cómo haría la verdad, en
tanto descripción objetiva del estado de cosas, para salvarnos? ¿La verdad nos
hará libres? ¿Saber todo —la física cuántica, toda la química, todos los
manuales de matemática— nos hará libres? Son ejemplos banales, pero ¿qué es la
verdad? Exactamente lo que nos libera de la dependencia de la objetividad. Y
recién cuando somos libres de la dependencia de la objetividad podemos realmente
amar al prójimo. Sólo en el nihilismo de Nietzsche se puede amar al prójimo. Yo
no puedo amar al prójimo porque creo o conozco metafìsicamente que debe ser
amado. Lo amo porque a su vez soy amado y puedo amarlo libremente si no tengo
las rémoras de la verdad. Está aquel viejo dicho que se atribuye a Aristóteles
pero que, al parecer, no es suyo:
Amicus Plato sed magis amica veritas
(Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad). Pienso que hay que dar vuelta
las cosas; no se puede amar más la verdad que al prójimo: "Amigo de la verdad,
pero más amigo de los amigos".
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